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jueves, 1 de octubre de 2026

Una puerta se cierra, otra se abre

 

Hopper, Habitación junto al mar, 1951


Las puertas en la Pintura

Hace poco estuvimos conversando sobre cómo se componen los cuadros y, en una oportunidad, te hablé de esos cuadros en los que simulamos la profundidad.

Simulamos: una pura ilusión óptica.

Hablamos de puntos de fuga, superposiciones de planos, de aberturas, espejos y puertas (lo puedes ver aquí).

Todas estas cosas te las había explicado en otras oportunidades, pero de las puertas, nada. Pero, me dirías, ¿es que acaso una puerta no es lo mismo que una ventana?

En parte, sí. Pero no.

Es una abertura, claro. La ventana nos muestra lo que hay afuera, es una mirada desde adentro hacia afuera, y las puertas, también. Cuando las abrimos o nos disponemos a salir. Sin embargo, las puertas también nos invitan a entrar en los espacios. Nos proponen una mirada desde afuera hacia adentro y al revés. Salir, entrar; entrar y salir.

Hammershøi, Puertas abiertas, 1905

Y es entonces cuando nos revelan la intimidad de la casa, el habitar nuestro, y el recorrer un espacio tras otro, una habitación tras otra.  Siempre adentro.

Una puerta cerrada te bloquea. Te hace preguntar qué hay detrás de ella, hay un misterio por descubrir. Te hace sentir curiosidad o sentirte excluido.

Simbólicamente, una puerta es el límite que nos permite pasar de lo profano a lo sagrado, de lo público a lo privado, de un mundo a otro.

En la composición es un recuadro, como la ventana, una abertura, aunque con distinto significado e intencionalidad. Y de nuevo, tenemos un marco dentro de otro marco, el del límite del cuadro, que propone la profundidad.

Matisse, Puerta en Colliure, 1914

Este recurso se ha usado en Pintura desde siempre. En la Pintura religiosa, p.ej., las puertas aluden al paso de la conversión hacia la Salvación. Piensa en el “hortus conclusus”, en la Puerta del Cielo, cuando se habla de la Virgen María.

Fra Angelico, La Anunciación, 1430

En la Pintura barroca holandesa hay muchísimos ejemplos. Es una época en la que la virtud y los valores morales se expresan a través de la actividad doméstica (lo vimos por aquí). Podemos ver sucesiones de habitaciones, una tras otra, que nos sugieren orden, como en Hoogstraten (lo vimos por aquí).  A este recurso se lo denominaba doorkijkje, es decir, “ver a través”. Es como que espiamos lo que está pasando en la casa, ¿no? Podemos adivinar qué es lo que está pasando allí, cómo viven, quiénes son.

Hoogstraten, Las pantuflas, 1660


En de Hooch… ay, me encantan. Mira éste del ropero: puertas abiertas, podemos ver hasta la calle, en el fondo. Y, por supuesto, la del ropero, que no nos deja ver lo que hay adentro, pero, por lo que están haciendo los personajes, parece que toca ordenar la ropa de cama.

de Hooch, El armario, 1663

Otro más de de Hooch: “La despensa”. Dos puertas: la de la izquierda, ¿va hacia el sótano? ¿Allí está la despensa? Y la de la derecha nos lleva a un espacio interior, con una ventana que da a la calle. Un hueco oscuro, otro luminoso.

de Hooch, La despensa, 1658

¿Y éste? Otro. Magnífico.

de Hooch, El patio de una casa en Delft,
1658

¡No nos olvidemos de Vermeer! La joven holgazana que se hace una siestecita en la silla, con una puerta abierta detrás, que no sabemos adónde nos lleva. Dicen que en las capas inferiores de pintura hay una figura masculina en esa puerta, que Vermeer cubrió. Lo hizo muchas veces: parece que el cuñado traía muchos problemas en la familia y terminó haciéndolo desaparecer de la Historia.

Vermeer, Mujer durmiendo, 1657

Aunque la puerta más famosa (además de la de Las Meninas, perdón, Sr. Velázquez) es la reflejada en el espejo del Matrimonio Arnolfini, de van Eyck (te lo conté por aquí). Esa puerta minúscula, pintada con tanto detalle, permite interpretar este cuadro.

van Eyck, El matrimonio Arnolfini,
1434

Y fue inspiración para Las Meninas.

Velázquez, Las Meninas, 1656


 La puerta del fondo es la clave para la interpretación del cuadro (como en El Matrimonio Arnolfini). El personaje que está esperando en el umbral, José Nieto, era el aposentador del Rey, es decir, el que iba abriendo y cerrando las puertas para que pasara el soberano. Indica que Felipe IV y la reina acaban de llegar, o bien, que están por cruzar todo ese espacio, después de saludar al pintor y a su niña. Además, es un foco de luz que lleva la mirada hacia el fondo del cuadro, es decir, que nuestra mirada hace el mismo recorrido que harán (o hicieron) los reyes del espejo.

Si nos vamos a cuadros más cercanos a nuestra época, podemos quedarnos con Hopper. Sus puertas cierran, aíslan a los personajes, acentúan la soledad del habitante de la gran ciudad. 

Hopper, Habitación en Nueva York, 1932


Hammershøi, que está tan de moda hoy en día (lo vimos por aquí), utiliza las puertas casi como personajes de sus cuadros. Enfatizan el silencio, el vacío, la soledad. No nos muestran la vida doméstica como pasa con los holandeses; para nada: son habitaciones vacías. Hasta las de Hopper revelan la personalidad de quien vive allí; en Hammershøi, nada.

Hammershøi, Las 4 habitaciones, 1914

Y para terminar, un caso especial: las paradojas de Magritte. Tenemos puertas que no hace falta abrirlas para poder cruzar el umbral, porque podemos pasar a través de ellas. 

Magritte, La perspectiva amorosa,
Respuesta inesperada, 1933

Así es. Los artistas tratamos de engañarte, aunque sea por un segundo, que el cuadro sigue más allá. Y hay puertas que se cierran para dejarte fuera y otras, que se abrirán y te permitirán entrar.


Fuente: Giorgadze, N. "The greater reality behind the doors#. En Ethographica 8, 2008, Leuven 

Stoichita, V. La invención del cuadro. Barcelona, Ed. del Serbal, 2000

Notas personales

 

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