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jueves, 24 de septiembre de 2026

Pintar la Capilla Sixtina, 2da parte





Miguel Ángel Buonarroti, El Juicio Final, Capilla Sixtina,
1541





El Juicio Final

Miguel Ángel Buonarroti, genio y figura.

Le encargaron pintar la bóveda de la Capilla Sixtina con técnica al fresco, que no conocía y que detestaba porque era escultor. Y estuvo 4 años lidiando con eso y nos regaló una maravilla que aún nos sigue asombrando después de 5 siglos. Te lo conté hace unos meses por aquí y en esa oportunidad te había prometido la 2da parte: el altar de la Capilla Sixtina, el Juicio Final.

Miguel Ángel entregó la bóveda en 1512 con gran alivio.

Pero el altar de la Capilla seguía siendo antiguo. Había unos frescos pintados por Perugino sobre la vida de Moisés, la Adoración de los Magos y la Asunción de la Virgen. En 1525 habían sido dañados por un incendio y estaban en un estado muy penoso. Existía la necesidad imperiosa de dignificar ese altar.

Sebastiano del Piombo le comentó a nuestro artista en una carta de 1533 que el Papa Clemente VII le iba a ofrecer un encargo espectacular.

Caronte, detalle



En 1534 el Papa llamó a Miguel Ángel a Roma y le pidió que pintara el tema de la caída de los ángeles rebeldes. Sin embargo, el Papa murió a los dos días y el proyecto quedó en la nada.

Sin embargo, (¡no, otra vez no!) en 1535 el nuevo Papa Paulo III retomó la idea, pero le pidió esta vez que representara el Juicio Final. Exactamente 24 años después de la entrega de la bóveda de la Capilla. Miguel Ángel tenía 61 años y se sentía un anciano (conste que murió a los 89). Firmaron un contrato en el que el artista recibiría un alto pago mensual más los materiales, especialmente la cantidad de azul de ultramar que haría falta (lo vimos por aquí). Uno de los pigmentos más caros que existen y necesitaba mucho, pero mucho (el altar tiene 167 m², para que te des una idea). Empezó en 1535: alisó la pared, cerró dos ventanitas y eliminó algunas molduras.

Los ángeles, detalle



No pudo empezar hasta el año siguiente, pues Sebastiano insistía en que se debía pintar al óleo y Miguel Ángel quería seguir con el fresco. Cuentan que, furioso por el retraso, se impuso y dijo que la pintura al óleo es un arte para mujeres y no para gente ociosa como Sebastiano (fin de la amistad, lógicamente). Recién pudo ponerse a pintar en 1536. Lo terminó en 1541. 

Paulo III quiso ver los trabajos. Estaba acompañado por Biagio di Cesena, el maestro de ceremonias del Vaticano. Durante esta visita este señor se lo pasó criticando la cantidad de desnudos que hay en el altar. Miguel Ángel, a manera de venganza, lo retrató en el Infierno, rodeado de demonios, como Minos, con orejas de burro y ocultando su desnudez con una serpiente (en el ángulo inferior izquierdo). (No hagas enfadar a Miguel Ángel, que te manda al infierno…) Es que tantos desnudos en un altar provocaban bastante escozor. Cuando Biagio se quejó ante el Papa, éste le dijo que no podía hacer nada al respecto, pues su jurisdicción no llegaba hasta el Infierno y que el retrato debía quedar allí. Y así quedó.



Minos, detalle


Entretanto, cuenta Vasari, el artista se cayó del andamio y se rompió una pierna. Furioso, lleno de ira, no dejaba que nadie lo curara. Apareció por ahí Baccio Rontini, florentino, uno de sus amigos y gran médico. Fue a verlo, pero nadie en la casa le abrió la puerta. El médico se las ingenió para entrar por lugares secretos y fue buscando al artista por todas las habitaciones, mientras éste, desesperado, huía sin muchas posibilidades de escapatoria. Baccio no se separó de él hasta que estuviera completamente curado.

No quiero extenderme mucho sobre la obra en sí, pues puedes encontrar estas explicaciones en cualquier lado.


Cristo Resucitado y la Virgen María,
detalle



El Juicio Final tiene como protagonista a Cristo Resucitado, una figura fortachona, musculosa, como todas las de Miguel Ángel, que castiga y bendice. Es una figura enorme y representado sin barba: como lo era en la época de los primeros cristianos y que alude a su Resurrección. Miguel Ángel hace referencias en toda la obra a la tradición anterior. El tamaño del Cristo no sólo se debe a su rol como Juez, sino que a la vez toma la idea de la perspectiva jerárquica medieval, la jerarquización de las figuras por su tamaño. Fíjate el tamaño de la Virgen, a su lado, suplicando misericordia por los condenados.



San Bartolomé y autorretrato de
Miguel Ángel, detalle


A los lados y a sus pies, San Lorenzo, con su parrilla, y San Bartolomé, con su propia piel desollada. Se dice que esa piel lleva un autorretrato de Miguel Ángel, firmando así la obra y presentándose como pecador que implora perdón.


Los condenados, detalle



La estructura de la obra recuerda los retablos medievales. Estos altares estaban construidos con franjas horizontales y verticales (“calles” y “campos”), divididos en secciones más pequeñas con las pinturas alusivas a la dedicación de dicho altar. Miguel Ángel pone a Cristo como figura central y la estructura compositiva de toda la obra se divide, como en un altar antiguo, en franjas horizontales (Cielo, Juicio, Infierno) y verticales (condenados y perdonados).


Los resucitados, detalle


Inmediatamente provocó un escándalo por la cantidad de desnudos presentes y se lo acusó de herejía. Tanto Paulo III como sus sucesores fueron muy tolerantes y comprendieron el valor de la obra. Sin embargo, después de la muerte de Miguel Ángel, el Papa Pío V ordenó cubrir esos desnudos con paños. El encargado fue Daniele da Volterra, uno de sus discípulos, que quedó signado para la posteridad por este trabajo, que, después de todo, ni siquiera lo pudo terminar, pues murió al poco tiempo. Cada cierto tiempo, la polémica se reavivó y hubo varios intentos de continuar con este trabajo.

El Juicio Final fue restaurado en los años ’80.
Los trabajos duraron 13 años y fueron financiados por la TV japonesa. Hacía falta una restauración profunda, no sólo para retirar los “calzones” de Volterra, sino también para devolverle el colorido perdido tras siglos de hollín de velas y reparaciones mal hechas.

Así es como un hombre al que no le gustaba pintar porque era escultor, que se consideraba un anciano, que no dominaba la técnica del fresco, nos dejó una de las grandes obras maestras de nuestra cultura occidental. Demostró lo que sabía hacer y aceptó el desafío.

Genio y figura.

(Y como si fuera poco: enseguida le pidieron que pintara la Capilla Paolina.)



Fuentes: Miguel Ángel, Cartas (selección D.García López),

Madrid, Alianza, 2008

Vasari, G., Las vidas, Madrid, Tecnos, 2006

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