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jueves, 14 de mayo de 2026

Pintar la Capilla Sixtina


 

Miguel Ángel, Fragmento de "La Creación de Adán", 1512


Miguel Ángel. Qué más se puede decir de él.

Escultor, arquitecto, poeta, pintor… Más escultor que pintor, es por eso que no hemos hablado mucho por aquí sobre él. Pero con la Capilla Sixtina basta y sobra, ¿no?


Detestaba la pintura. El era más de cincel. Allá por 1505 el Papa Julio II le había encargado las esculturas para su tumba. Andaba en esos quehaceres cuando al mismo Papa se le ocurrió que la Capilla Sixtina necesitaba una reforma, una actualización, diríamos hoy.

Rafael, Retrato de Julio II, 1511


Cuentan que Bramante convenció al Papa de que no correspondía que encargara su propia tumba, estando todavía en este mundo. En realidad, Bramante estaba tratando de sacar del medio a Miguel Ángel, un personaje a quien nadie quería enfrentar, ni siquiera el Papa, por su carácter, además de ser un rival potentísimo en todos los ámbitos. El Papa pensó en que, bueno, dejemos la tumba y que le dé un lavado de cara a la Capilla Sixtina. Sus rivales, sabiendo que su fuerte era la escultura y no la pintura, pensaron en que no lo lograría y que así su fama quedaría dañada. (No subestimes a Miguel Ángel.)

Miguel Ángel, La creación de Adán, 1510, fresco

El cielorraso de la bóveda de la Capilla estaba pintado de azul con estrellas doradas. En las paredes laterales estaban los frescos de Perugino, Ghirlandaio, Rosselli y Botticelli, que siguen en su lugar hasta hoy. Debajo de esos frescos, un trampantojo de cortinas, que se cubrían en ocasiones especiales con tapices diseñados por Rafael. En el altar había otros frescos de Perugino, con imágenes de la vida de Moisés, de Cristo y de la Virgen.

Miguel Ángel, Bóveda de la Capilla Sixtina, 1508-1512


Julio II le pidió que decorara la bóveda y le dio total libertad. Tal era la confianza que le tenía. Tampoco era cuestión de contradecir al artista, que era capaz de sacar a los gritos hasta al mismo Papa. El contrato fue firmado en 1508 y la terminó en 1512, cuatro años después, 548 m² al fresco: una técnica super complicada. Cuatro años con el yeso cayéndole encima, subido a un andamio. Dice Vasari que una vez se cayó del andamio y no le pasó nada. Comenzó la obra con ayudantes, pero enseguida el trabajo se le llenó de sales del agua de Roma, con la que él nunca había trabajado, y echó a todos. O sea: Miguel Ángel, solo, luchando con el fresco, creando su gran obra maestra. Nadie podía entrar a ver, ni siquiera el Papa. Cuentan que Rafael, que estaba pintando las “Stanze” ahí al lado, consiguió la llave y se escabulló una noche para espiar… En fin, un poco para que lo dejen tranquilo, para poder controlar cada milímetro del trabajo, para que nadie lo sabotee y, por supuesto, como estrategia de marketing.

Miguel Ángel, La creación de Eva, 1510, fresco


Cuenta Vasari en su Vida de Miguel Ángel (el único vivo de toda la serie) que el artista, después de que el Papa hubiese querido entrar de todos modos a ver su obra, empezó a desconfiar de todos, especialmente de los obreros o ayudantes. Temía que alguien les diera una buena propina a cambio de poder entrar. Así que los puso a prueba: tuvieron que prometerle que no le abrirían a nadie; les dijo que se iría fuera de Roma por unos días y les dejó la llave. En realidad, se quedó encerrado trabajando, mientras los otros iban con el cuento al Papa que Miguel Ángel no estaba y que podía entrar si quisiera. El Papa no pudo vencer a su curiosidad y asomó la cabeza; Miguel Ángel le empezó a tirar tablas desde lo alto del andamio y el Papa tuvo que huir. Claro, el artista se dio cuenta de los problemas que podía traerle su ataque de cólera y huyó, dejándole la llave a Bramante. Todos trataban de convencerlo de que volviera y de que terminara la Capilla. El Papa lo perdonó y lo bendijo.

En fin, estos detalles son muy conocidos y los puedes encontrar por ahí. Sin embargo, mientras pensaba en cómo encarar este artículo y no caer en la eterna repetición de lo mismo, fui a buscar el libro de las Cartas de Miguel Ángel y me enfrenté de nuevo con el artista impetuoso hablando sobre lo que está haciendo.

Miguel Ángel, Boceto para la Sibilia Libia,
1508


Por ejemplo, en 1508, cuando ya se disponía a ejecutar la pintura (había estado dibujando bocetos y más bocetos durante un año) mandó una carta a Fray Jacopo, en Florencia, para pedirle colores, especialmente de azul. Tú sabes, el azul ultramar era (y es) muy preciado y caro (lo vimos por aquí). Los monjes del convento de San Giusto alle Mura de Florencia eran especialistas en pigmentos y Buonarroti necesita mucha cantidad de colores.

Miguel Ángel, El Diluvio universal, 1510, fresco


Un año después, cuando su padre le comenta los problemas financieros de la familia (él mantenía a todos), se queja de que el Papa no le ha pagado nada todavía:

“y no se lo pido, porque mi trabajo no va adelante del modo que me parece debería. Y ésta es la dificultad del trabajo y el no ser mi verdadera profesión.

Menos mal que no era su profesión, ¿no? Sin embargo, con sólo esta frase nos da a entender todas las dudas e inconvenientes que tuvo que enfrentar por ser una técnica que no conocía.

Miguel Ángel, El sacrificio de Noé, 1512, fresco


Encima, unos meses después se corrió el rumor de que había muerto y tuvo que avisarle a su padre que todo era una mentira inventada por sus rivales. (¡Fake news del Renacimiento!) A los pocos días, otra carta, esta vez recriminando a su hermano: que todo lo que tiene lo tiene porque él se lo da, que no tiene derecho de amenazar a su padre, que si eres una bestia como una bestia te trataré y te encontraré allí donde vayas. Firma y sigue:

“Todavía algo más: y esto es que desde hace doce años estoy viviendo miserablemente por toda Italia, soportando todas las degradaciones, sufriendo todas las penurias, lacerando mi cuerpo con mi trabajo, poniendo la vida en mil peligros, sólo para ayudar a mi casa. Y ahora que he conseguido comenzar a restaurarla un poco, tú quieres ser quien desbarajuste y arruine en una hora todo lo que yo he conseguido durante tantos años de trabajo, ¡por el cuerpo de Cristo, que no será verdad! Que yo puedo despedazar a diez mil como tú si es necesario. (...)”

Vaya. No se andaba con chiquitas este señor.

Miguel Ángel, La creación de los planetas y de
los astros, 1512, fresco


Las quejas siguen: que tiene mucho trabajo y fatiga, que no tiene amigos y para qué los quiero, si ni siquiera tengo tiempo para comer.

En 1510 ya había terminado los 6 primeros tramos. En 1512, con la obra casi terminada, le dice a uno de sus hermanos:

“Antes del día de Todos los Santos tendrá que estar terminado como sea, si no muero en el intento. Me apresuro más de lo que puedo, porque me parece que llevo aquí más de mil años.”

El Papa todavía no le había pagado y estaba esperando a entregar su trabajo para poder cobrar.

Miguel Ángel, David y Goliat, 1512, fresco

Finalmente, cumplió con el plazo y la primera misa que se celebró allí fue la de Todos los Santos. En octubre le cuenta a su padre que ya terminó:

“He terminado la capilla que pintaba: el Papa ha quedado muy satisfecho.”

Pero la historia no terminó allí. El altar seguía siendo antiguo. En 1536, con 61 años y 24 años después de haber pintado la bóveda, Miguel Ángel fue requerido por el Papa Paulo III para que renueve el altar. ¡Nooo! ¿Otra vez?

Otro día te cuento sus quejas cuando estaba con el “Juicio Final”.

Miguel Ángel, La sibila de Cumas,
1510, fresco

Nota: 

Creo que nunca te expliqué cómo se pinta al fresco. Se prepara la pared con una imprimación y luego se va cubriendo por partes con mortero/yeso; la pintura se aplica mientras está húmedo. Hay que pintar muy rápido, antes de que se seque. Para eso, se arma un boceto precio en cuadrícula y se planifica qué parte se va a pintar cada día según ese modelo. Para que veas lo que fue capaz de hacer este hombre.

Fuentes: Miguel Ángel, Cartas (selección D.García López),

Madrid, Alianza, 2008

Vasari, G., Las vidas, Madrid, Tecnos, 2006

 

 

 

 

 

 



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