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| Van Gogh, Mejillones y langostinos, 1886 |
Un Van Gogh muy extraño y con una historia muy bonita
Éste es un Van Gogh. Muy raro,
¿no? No suele ser lo que uno espera de Van Gogh.
Es de 1886. Vincent está en
París. Apareció sin avisar en el departamento de Théo. Había conversado con su
hermano largamente sobre la idea de vivir juntos, para así poder aprovechar las
novedades del arte de París y bajar costos. Pero Théo no estaba muy convencido
y lo postergaba con excusas poco convincentes. La experiencia anterior, en
Holanda, no había resultado bien. No era fácil convivir con Vincent y tampoco
era una persona que le podía presentar a sus amigos.
Así que Vincent apareció por
París, se instaló en el departamento de su hermano y comenzó a pintar
incansablemente.
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| Van Gogh, Moulin de la Galette, 1886 |
Empezó a tomar clases con Cormon, un profesor bastante tolerante. A Vincent lo corregía una y otra vez y él no se lo tomaba bien. Para colmo, los compañeros se burlaban de él por sus excentricidades.
Vincent visitaba una y otra vez
el Louvre, admiraba al gran Delacroix, el maestro del color (te lo conté por aquí). Descubrió el libro de Chevreul, quien postuló la teoría de los colores complementarios,
algo que Van Gogh trabajó de manera insuperable (lo tienes por aquí).
| Van Gogh, La siesta, 1889 |
En 1886 en París el Impresionismo
ya estaba asentado y fue el año de la última exposición del grupo, aquélla en
la que dos jóvenes, Seurat y Signac, a instancias de Pissarro, mostraron unos
cuadros con una técnica rarísima: el Puntillismo (lo vimos por aquí). Pero
Vincent no les prestó demasiada atención: los conoce, sí, pero él está buscando
otra cosa.
Para él, los impresionistas no
llegarían a nada. Théo le mostraba las obras de Monet y Vincent, que no era
nada tonto, absorbía todo lo que París le ofrecía. Empezó a pintar con colores
más claros y vibrantes: se sacó de encima el Realismo holandés, ése que le
enseñaba su primo (lo vimos por aquí).
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| Van Gogh, Bodegón con queso, vino y pan, 1886 |
No lograba vender sus cuadros, pero los cambiaba por los de otros artistas. Así fueron armando su propia colección. Además de comprar estampas japonesas, que fueron su inspiración por siempre.
| Izquierda: Hiroshige, 46 vistas de Edo, Ciruelos en flor, 1857; derecha: Van Gogh, copia de Hiroshige, 1887 |
Pronto la casa se llenó de manchas de pintura por todos lados y la suciedad y el desorden reinaba. La cocinera no aguantó más y se fue. Théo veía cómo su vida social se iba diluyendo poco a poco y cómo se iba aislando cada vez más. Mientras tanto, soñaba con comprometerse con Jo (lo vimos por aquí).
Este cuadro con langostinos y
mejillones hay que verlo en este contexto, en este momento de su vida y
aprendizaje. No es muy grande: sólo unos 26 x 35 cm, el tamaño de un estudio.
No es tan colorido como sus obras posteriores y a las que estamos acostumbrados.
Pero mira las pinceladas vigorosas y seguras, espontáneas.
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| Delacroix, Naturaleza muerta con langostinos y trofeos de caza, 1826 |
Tiene una clara referencia a las naturalezas muertas de Delacroix. Eso sí, la de Van Gogh es más coherente. ¿Qué hacen los langostinos con los faisanes, en una escena de caza????
Probablemente, compró estos
elementos en el mercado, los pintó y se los sirvió en el almuerzo.
Gauguin, en sus recuerdos de Van
Gogh, cuenta la historia de este cuadro. Gauguin estaba muy vinculado a Théo,
pues era su marchante, y había participado en la última exposición
impresionista.
Gauguin llama a este cuadro “Las
gambas rosas”.
“Entra, apresuradamente, en casa
de un comerciante de flechas salvajes, vieja chatarra y óleos a buen precio.
¡Pobre artista! Diste un trozo de tu alma al pintar ese lienzo que acabas de
vender.”
(…)
“- ¿Puede usted darme algo de
dinero por este lienzo para ayudarme a pagar mi alojamiento?”
“- Dios mío, amigo mío, la
clientela se va haciéndose difícil, me piden Millets baratos; además, usted
sabe, añade el comerciante, su pintura no es muy alegre, el renacimiento está
hoy día en el Boulevard. En fin, dicen que usted tiene talento y quiero hacer
algo por usted. Tenga, cien centavos.”
Y Gauguin cuenta que Van Gogh
salió de la tienda con su moneda sin decir nada y, al encontrarse por la calle
con una joven muy pobre, que le ofrecía sus servicios, le dio lo que había
ganado con su cuadro. Y se fue con su estómago vacío.
Y en otro párrafo se imagina el
día en que esas gambas rosas sea subastado por más de 500 francos.
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| Gauguin, Van Gogh pintando los girasoles, 1888 |
¿Podemos creerle a Gauguin? La verdad que no. Estos escritos (“Antes y después”) son notas que escribió poco antes de morir y para contar su versión de su relación con Van Gogh. Es una autojustificación, por un lado, (te lo conté por aquí) y, por el otro, no hay que olvidarse de que está escribiendo a partir de recuerdos, en medio de la Polinesia, después de más de 10 años de la muerte de Van Gogh. Aunque hay mucho de invención en toda esta historia.
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| Van Gogh, Café de noche,1888 |
La verdadera historia es que Vincent dejó el cuadro en la casa de su hermano cuando se fue a Arlès y allí quedó hasta que el hijo de Théo, al morir su madre, lo dio en préstamo al Rijksmuseum y luego pasó al Stedelijk Museum de Amsterdam. Más tarde pasó al Museo Van Gogh, gracias al acuerdo llegado por su heredero con el Estado neerlandés.
Gauguin, por subirse al carro de
la fama de Van Gogh o por lavar su imagen o simplemente, por trasmitir algo que
le contaron, contribuyó con esta historia a acrecentar una vez más el “mito Van
Gogh”.
Fuentes: Gauguin, P. Escritos de un salvaje. Madrid, Akal,
2008
Naifeh, St.- White Smith, G. Van Gogh. La vida.
Madrid, Taurus, 2012
Van Gogh, V. The letters of Vincent van Gogh. Londres, Penguin Books, 1997




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