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jueves, 12 de febrero de 2026

Langostinos y mejillones

Van Gogh, Mejillones y langostinos, 1886

 

Un Van Gogh muy extraño y con una historia muy bonita

 

Éste es un Van Gogh. Muy raro, ¿no? No suele ser lo que uno espera de Van Gogh.

Es de 1886. Vincent está en París. Apareció sin avisar en el departamento de Théo. Había conversado con su hermano largamente sobre la idea de vivir juntos, para así poder aprovechar las novedades del arte de París y bajar costos. Pero Théo no estaba muy convencido y lo postergaba con excusas poco convincentes. La experiencia anterior, en Holanda, no había resultado bien. No era fácil convivir con Vincent y tampoco era una persona que le podía presentar a sus amigos.

Así que Vincent apareció por París, se instaló en el departamento de su hermano y comenzó a pintar incansablemente.

Van Gogh, Moulin de la Galette, 1886

Empezó a tomar clases con Cormon, un profesor bastante tolerante. A Vincent lo corregía una y otra vez y él no se lo tomaba bien. Para colmo, los compañeros se burlaban de él por sus excentricidades. 

Vincent visitaba una y otra vez el Louvre, admiraba al gran Delacroix, el maestro del color (te lo conté por aquí). Descubrió el libro de Chevreul, quien postuló la teoría de los colores complementarios, algo que Van Gogh trabajó de manera insuperable (lo tienes por aquí).

Van Gogh, La siesta, 1889


En 1886 en París el Impresionismo ya estaba asentado y fue el año de la última exposición del grupo, aquélla en la que dos jóvenes, Seurat y Signac, a instancias de Pissarro, mostraron unos cuadros con una técnica rarísima: el Puntillismo (lo vimos por aquí). Pero Vincent no les prestó demasiada atención: los conoce, sí, pero él está buscando otra cosa.

Para él, los impresionistas no llegarían a nada. Théo le mostraba las obras de Monet y Vincent, que no era nada tonto, absorbía todo lo que París le ofrecía. Empezó a pintar con colores más claros y vibrantes: se sacó de encima el Realismo holandés, ése que le enseñaba su primo (lo vimos por aquí).

Van Gogh, Bodegón con queso, vino y pan,
1886

No lograba vender sus cuadros, pero los cambiaba por los de otros artistas. Así fueron armando su propia colección. Además de comprar estampas japonesas, que fueron su inspiración por siempre.

Izquierda: Hiroshige, 46 vistas de Edo, Ciruelos en flor, 1857;
derecha: Van Gogh, copia de Hiroshige, 1887

Pronto la casa se llenó de manchas de pintura por todos lados y la suciedad y el desorden reinaba. La cocinera no aguantó más y se fue. Théo veía cómo su vida social se iba diluyendo poco a poco y cómo se iba aislando cada vez más. Mientras tanto, soñaba con comprometerse con Jo (lo vimos por aquí).

Este cuadro con langostinos y mejillones hay que verlo en este contexto, en este momento de su vida y aprendizaje. No es muy grande: sólo unos 26 x 35 cm, el tamaño de un estudio. No es tan colorido como sus obras posteriores y a las que estamos acostumbrados. Pero mira las pinceladas vigorosas y seguras, espontáneas.

Delacroix, Naturaleza muerta con langostinos y 
trofeos de caza, 1826

Tiene una clara referencia a las naturalezas muertas de Delacroix. Eso sí, la de Van Gogh es más coherente. ¿Qué hacen los langostinos con los faisanes, en una escena de caza????

Probablemente, compró estos elementos en el mercado, los pintó y se los sirvió en el almuerzo.



Gauguin, en sus recuerdos de Van Gogh, cuenta la historia de este cuadro. Gauguin estaba muy vinculado a Théo, pues era su marchante, y había participado en la última exposición impresionista.

Gauguin llama a este cuadro “Las gambas rosas”.

“Entra, apresuradamente, en casa de un comerciante de flechas salvajes, vieja chatarra y óleos a buen precio. ¡Pobre artista! Diste un trozo de tu alma al pintar ese lienzo que acabas de vender.”

(…)

“- ¿Puede usted darme algo de dinero por este lienzo para ayudarme a pagar mi alojamiento?”

“- Dios mío, amigo mío, la clientela se va haciéndose difícil, me piden Millets baratos; además, usted sabe, añade el comerciante, su pintura no es muy alegre, el renacimiento está hoy día en el Boulevard. En fin, dicen que usted tiene talento y quiero hacer algo por usted. Tenga, cien centavos.”

Y Gauguin cuenta que Van Gogh salió de la tienda con su moneda sin decir nada y, al encontrarse por la calle con una joven muy pobre, que le ofrecía sus servicios, le dio lo que había ganado con su cuadro. Y se fue con su estómago vacío.

Y en otro párrafo se imagina el día en que esas gambas rosas sea subastado por más de 500 francos.

Gauguin, Van Gogh pintando los girasoles,
1888

¿Podemos creerle a Gauguin? La verdad que no. Estos escritos (“Antes y después”) son notas que escribió poco antes de morir y para contar su versión de su relación con Van Gogh. Es una autojustificación, por un lado, (te lo conté por aquí) y, por el otro, no hay que olvidarse de que está escribiendo a partir de recuerdos, en medio de la Polinesia, después de más de 10 años de la muerte de Van Gogh. Aunque hay mucho de invención en toda esta historia.

Van Gogh, Café de noche,1888

La verdadera historia es que Vincent dejó el cuadro en la casa de su hermano cuando se fue a Arlès y allí quedó hasta que el hijo de Théo, al morir su madre, lo dio en préstamo al Rijksmuseum y luego pasó al Stedelijk Museum de Amsterdam. Más tarde pasó al Museo Van Gogh, gracias al acuerdo llegado por su heredero con el Estado neerlandés.

Gauguin, por subirse al carro de la fama de Van Gogh o por lavar su imagen o simplemente, por trasmitir algo que le contaron, contribuyó con esta historia a acrecentar una vez más el “mito Van Gogh”.

 

Fuentes: Gauguin, P. Escritos de un salvaje. Madrid, Akal, 2008

Naifeh, St.- White Smith, G. Van Gogh. La vida. Madrid, Taurus, 2012 

Van Gogh, V. The letters of Vincent van Gogh. Londres, Penguin Books, 1997

Web Van Gogh Museum


 

 



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