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jueves, 22 de octubre de 2026

Una belleza que destruye

 

Sargent, Champagne, 1883


El caso de Mme. X y John Singer Sargent

Quién diría.

Sargent, Mme. X, 1884


Este cuadro provocó un tremendo escándalo y significó un cambio de rumbo total en la vida del joven Sargent.

John Singer Sargent, del cual hablamos por aquí, era americano, pero nacido en Florencia. Hombre de mundo, pintor viajero incansable. Como todo joven artista que quiere progresar en su profesión, anhelaba hacerse un hueco entre la alta sociedad parisina, donde pudieran hacerle encargos.

Sargent, Autorretrato, 1907

No le estaba yendo mal. Le habían encargado pintar a las hijas de Boit, había tenido éxito con El jaleo y tenía entre manos el retrato de la Sra. White. Sin embargo, sentía que le estaba faltando un empujoncito, algo que lo posicionara y lo destacara ante el resto. Talento tenía y de sobra.

Sargent, Las hijas de E.D.Boit, 1882


Y apareció en su horizonte Mme. Gautreau, la celebrity parisina del momento. Exactamente, Virginie Amélie Avegno, señora de Gautreau, un banquero. Había nacido en Nueva Orléans y emigrado a París con su madre. Su esposo era 21 años mayor que ella. No gozaba de buena fama en la alta sociedad, pues corrían muchos chismes acerca de su liviandad en las costumbres, pero, supongo yo que, si eran ciertos, mucho había también de envidia y celos.

Sargent, Mme. Gautreau,
boceto, 1883, acuarela


Era una belleza exótica (“una belleza destructiva”, decían); una figura estilizada, de cuello largo, con una nariz griega. Ella remarcaba estos atributos empolvándose en talco, para que su piel fuera más blanca de lo que ya era, con lo cual aparecía ante los demás como una estatua de mármol o un adefesio, para algunos. (Cuentan que tomaba pastillas de arsénico para lograr semejante palidez.) De todas maneras, americana, de una belleza extraña, sus infidelidades y, encima, cultivando una apariencia llamativa con maquillaje extravagante… era obvio que iba a ser poco querida en París.

Todos querían retratarla y ella se negaba. Hasta que, por intermedio de un amigo en común, Sargent se ofreció a pintarla y, curiosamente, ella aceptó. Quizás porque los dos eran americanos en París. En ese entonces ella tenía 25 años y el artista, 27.

Sargent, Mme. Gautreau, boceto
a lápiz, 1883


Sargent se la jugaba con todo. Entre que ella rechazaba todas las propuestas de otros pintores y que lo había elegido a él, la necesidad de asombrar al Salón y la fama de la señora tenía un peso considerable sobre sus espaldas.

Ella no se lo tomaba en serio, se aburría con las sesiones de posado, debía atender compromisos sociales, a su hijita, a su madre y manejar la casa: lo tenía a Sargent pendiente de ella. Finalmente, le pidió que fuera a verla a Paramé, en la Bretaña, donde haría vacaciones. Mientras tanto, él se quejaba en las cartas a sus amigos de la pereza de la señora y el poco interés que ponía en el encargo.

Aunque era tan joven, el artista tenía ya un dominio increíble del oficio y había ganado ya sus medallas. Sin embargo, frente a este desafío se esmeró como nunca. Hizo casi 30 bocetos. ¿Los necesitaba? Evidentemente no. Pero es que no encontraba la pose, ésa que hace que un cuadro perdure por siglos.

Sargent, Mme. Gautreau, boceto a lápiz,
1883


Y finalmente se decantó por ésa que la hizo perdurar hasta el día de hoy.

Virginie aparece en el cuadro de frente, con una mano apoyada sobre la mesa: una pose clásica y elegante. Pero con un pequeño cambio: la hace mirar hacia el costado, de tal manera que se destaque su perfil. La pinta así, tal cual es, blanca como el mármol, como una estatua griega. Sólo queda su oreja, carmesí, como revelación de que no, no es una estatua, es un ser humano. Sargent, eres un genio.

Ella viste un vestido negro, muy escotado, con la cintura marcada por el corsé, como era la moda de ese tiempo. Los hombros descubiertos, con breteles (¿tirantes, dices tú?) de piedras preciosas. Lleva una diadema con una luna creciente, como alusión a la diosa Diana: ella quiso usarla. Suma elegancia.

Sargent, Sra. Henry White,
1883


Pero el cuadro original no era así. Sargent dejó caer uno de esos breteles, el de la izquierda. Un detalle sensual, nada inocente. Como buen retratista, estaba pintando la personalidad de madame.

Ella estaba muy satisfecha con el resultado, estaba convencida de que su retrato era una obra maestra. Y lo es. Lástima por lo que pasó después.

Sargent, El jaleo, 1882


Sargent presentó el cuadro en el Salón Oficial de 1884 con el título de “Mme. ***”, tanto como para guardar el anonimato de la mujer; el cuadro era lo suficientemente grande como para llamar la atención. Ese bretel caído y considerando la fama de Mme. Gautreau provocó un gran escándalo.

Todo París la reconoció. Virginie y su madre acudieron al taller del pintor a suplicar entre lágrimas que retirara el cuadro de la exposición. Todo París hablaba de Mme. Gautreau. Sargent se negó: las reglas del Salón no lo permitían; la pintó tal cual es y no agregó nada que la gente de París no supiera ya. Finalmente, accedió a corregir la posición del bretel y renombró el cuadro con el título de “Mme. X”. Pero el daño ya estaba hecho. (Una versión sin terminar muestra a la figura sin el bretel  en cuestión.)

Sargent, Estudio para
Mme. Gautreau, 1884


Ralph Curtis, uno de sus amigos, le contó a sus padres por carta cómo había sido el evento. John estaba muy nervioso ante la reacción del público y se escondía detrás de unas cortinas para que no lo vieran los conocidos.  Las mujeres se horrorizaban ante el descaro de la mujer retratada. Algunos pintores alababan la pintura; otros hacían chistes y críticas hirientes. A Curtis no le gustó, le pareció desprolija.

Marie Bashkirtseff (te conté quién es por aquí), asidua visitante del Salón, comenta en su diario la experiencia ante el cuadro. Por supuesto, conocía perfectamente a la señora. Ella comenta:

“También hay una pintura de Sargent de la hermosa Mme. Gautereau. Para mí es la pintura perfecta - magistral, verdaderamente. Él ha mostrado lo que vio. La bella dama es horrible a la luz del día porque usa demasiado maquillaje a pesar de sus 26 años. Esta pintura calcárea parece yeso y le da a sus hombros el tono de un cadáver. Además, pinta sus orejas de rosa y su cabello del color de caoba. Las cejas están trazadas en caoba para formar dos líneas gruesas. Está loca o ciega. Lo que no entiendo es la madre o el marido que le permite hacerlo. Pero por la noche ella es realmente muy hermosa.”

La prensa no fue favorable. Le llovían críticas. A pesar de que la exposición estaba llena de cuadros con desnudos, ese bretel caído era el máximo exponente de la desvergüenza. Acusaban a Sargent de provocar el escándalo para que se hable de él.

Virginie Avegno, 1878


La situación era insoportable. La jugada le salió mal: la belleza de Mme. X sólo provocaba destrucción. Tuvo que irse de París, al menos, hasta que amainara el escándalo. Sargent partió a Inglaterra, invitado por los Vickers (y ya te conté por aquí cómo fue). Desde entonces, fijó su residencia en Londres y armó una nueva clientela allí. Nunca más recibió encargos de clientes franceses.

Sargent, Las señoritas Vickers, 1884


Con el tiempo, ella encargó a Courtois y a de la Gándara que la retrataran. El de Courtois, también con el bretel caído. No hubo escándalo.

Courtois, Mme. P.Gautreau,
1891

Después del suceso del cuadro, su círculo social se fue restringiendo cada vez más y ella misma se fue aislando. Quiso ser actriz. Su marido la abandonó. Hizo cerrar todas las ventanas de su casa y quitar todos los espejos. Murió en 1915, con 56 años (¿el arsénico?).

de la Gándara, Mme. P.Gautreau,
1898

Mientras tanto, Sargent conservaba el cuadro en su taller. En cuanto se enteró de la muerte de Mme. Gautreau, lo ofreció en venta al Metropolitan Museum, con la condición de que conservara el título de “Mme. X”. Y allí se encuentra, por si lo quieres ver algún día.

Al entregarlo, le dijo al director:

“Supongo que es lo mejor que he hecho”.


Sargent en su taller, 1885


 

Fuentes: Bashkirtseff, M. Diario: Yo soy el libro más interesante de todos, tomo I; Deseos de gloria, tomo II. New York, Fonthill Press, 2012

Fairbrother, T. John Singer Sargent. New York, Harry N. Abrams, 1994

Olson, St. John Singer Sargent. London, Barrie & Jenkins, 1986

 

 

 

 

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