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jueves, 19 de marzo de 2026

¿Extravagante u obsesivo?

Mir, Almendros floridos, s.f.


Las anécdotas de Joaquín Mir

No sé si te acuerdas. Hace un tiempo te conté algunas cosas sobre Mir y analizamos una de sus obras.

Es un pintor que me encanta. Esas armonías de colores atrevidos, que difícilmente te las enseñan en Bellas Artes. Son cuadros que te llaman desde lejos para que te acerques a verlos.

Mir, La ermita de San Juan, 1922


Tuvo una vida muy intensa pero también muy peculiar. Era obsesivo, sí, con la pintura. Vivía sólo para pintar, comer y amar, según sus propias palabras. ¿Extravagante? También. Nada de convenciones sociales. ¿Loco? Así lo veían, porque se salía de todo lo convencional. Había estado internado en un hospital psiquiátrico, después de haber caído por un acantilado, algo que contribuyó a su fama de loco.

Mir, El castillo de Belver de noche, s.f.


Fue muy famoso en su tiempo, hasta tal punto que pudo comprarse una buena casa y decorarla como se suponía que debía hacerlo, aunque a él no le importara demasiado (aunque parece que a su señora sí). La biblioteca de la casa la llenó comprando libros por metro, para que te des una idea.

Y así su vida está llena de historias increíbles. ¿Te las cuento?

Mir, Cala encantada, 1901

Su padre tenía un negocio de mercería y bisutería en la Barcelona de comienzos del sg. XX. Joaquín estaba destinado a continuar con la tienda. Ya con 16 años le tocaba ir a ofrecer botones, cintas, a distintos comercios de la ciudad. Pero, mientras tanto, ya al chico le había picado el bichito de la pintura y ansiaba una caja de colores que veía en una librería. Finalmente, la caja llegó como regalo de un proveedor del padre. La madre se quejaba de que las sábanas aparecían siempre con manchas de pintura (más o menos parecido a lo que hacía Renoir…). Se largó a pintar solo y, de a poco, se fue metiendo en el ambiente de Els Quatre Gats, donde encontró amigos para salir a pintar al aire libre, como, p.ej., Rusiñol, Nonell, Pitxot.

Mir, Cueva de San Vicente, 1902


Le recomendaron que se presentara al concurso para becas de la Academia de Bellas Artes de Barcelona. El examen era muy difícil para él, no sabía dibujar. Sin embargo, aprobó, contra todo pronóstico.

Sus padres se preocuparon muchísimo. ¿Pintor? De ninguna manera. La madre fue a hablar con Cava, artista y director de la Academia. Imagínese, un pintor, es hijo único, es la continuación del negocio de la mercería. Y encima, anda con esos locos de Els Qatre Gats. Y Cava le replicó muy tranquilamente que él también había tenido que luchar contra las objeciones de su familia y mire hasta dónde he llegado. Finalmente, los padres reconocieron el talento del chico y lo apoyaron. Pero a Joaquín no lo podías meter en un esquema rígido de clases y profesores.

Mir, Corral del carro, 1928


Y llegó la tentación de estudiar en Madrid. Se presentó a una oposición para una beca en Roma y le tocó como examinador al mismísimo Sorolla. Había elegido a Velázquez como tema del examen. Se lo había estudiado de memoria. De los nervios, se olvidó del “He dicho” del final, para dar por terminado su discurso. Sorolla le hacía muecas desde el estrado para avisarle y al pobre Mir no le salía, hasta que al final dijo: “Me parece que lo he dicho todo”. Los miembros del jurado no podían más de la risa.

Nunca pintó en el taller. Siempre frente al motivo en la naturaleza y, si no terminaba el cuadro, así se quedaba. Y era capaz de hacer cualquier cosa con tal de lograr su objetivo.

Mir, Cueva, s.f.


Como te decía, en 1904 se cayó de un barranco. Estaba pintando unas rocas, colgado por unas cuerdas: un golpe fortísimo en la cabeza, amnesia. Como no regresaba, la gente del pueblo salió a buscarlo. Lo encontraron ya de noche. Lo hospitalizaron en el Instituto Psiquiátrico de Reus y allí estuvo casi dos años. Le quedó un miedo terrible al vacío, al mar y a la montaña. Pero ninguna fobia pudo derrotar a su obsesión por pintar. Cuentan que un día colgó el bastidor de la proa de un barco y pintaba como si nada, aunque la tela se bamboleara de aquí para allá. En los días de mucho viento, el chofer debía sostenerle la tela para que no se le volara, mientras su ayudante le llenaba la paleta con los colores y le limpiaba los pinceles.

Mir, El abismo, 1901


Y, por supuesto, cuando pintas al aire libre, siempre cae algún personaje que te da charla o corrige tu cuadro (no molestes a los pintores). Contaba de aquél que, mientras lo observaba trabajar, le explicaba a su esposa que el pintor ha dado 4 brochazos para acordarse y después terminarlo en el hotel. O que le dijeran que no compensa poner tanta pintura porque después le va a dar más trabajo planchar la tela!!!  En el monasterio de Montserrat los frailes le espantaban los curiosos. Estaban orgullosos del artista que trabajaba en su claustro. Incluso le llegaron a ofrecer talar un árbol si le molestaba para su composición. Mir les contestó que no se preocuparan, ¡que él se encargaría de borrarlo del lienzo!

Mir, La catedral de los pobres, 1898


Sólo tenía vida para la pintura. Dependía de otros para las más mínimas tareas de la vida diaria, como atarse los zapatos o elegir la ropa. Nunca aprendió a hacer el nudo de la corbata y era capaz de salir con dos zapatos distintos. Todos los amigos y su esposa le insistían en que, en ciertas ocasiones, debía ir más presentable. Una vez los invitaron a un bautismo, lo obligaron a ponerse un buen traje, aguantó durante toda la ceremonia (era católico, de misa diaria) y de repente desapareció. Al rato lo encontraron pintando, con el traje manchado. Él ya había cumplido, déjenme pintar, déjenme en paz.

Mir, Montserrat, 1931


O cuando tuvo que ser operado del riñón y, oh, desapareció del hospital: se escapó para ir a pintar al Montjuic.

Un músico holandés, llamado Werner, llegó a Cataluña, errando por el mundo, acompañado por su violín. Tocaba en la iglesia, en las calles, y vivía de las monedas que le daba la gente del pueblo. En cuanto Mir lo conoció, se lo llevó a su casa y se hicieron muy amigos. Un día llegó al pueblo un circo, cuya mayor atracción era una jaula con leones de verdad y su domador. Un chistoso lo desafió a Werner a tocar un solo encerrado en la jaula con los leones. Werner aceptó sin pensarlo demasiado y llovieron las apuestas. El pacto era que el domador entraría en la jaula con él. Comenzó el espectáculo: domador y violinista dentro de la jaula; los leones, nada, se juntaron en un rincón y rugían de tanto en tanto. Pero, de repente, se oyeron unos gritos desaforados que venían de afuera. Era Mir, que venía, sudoroso, a salvar a su amigo. Se aferró a las barras de la jaula gritando:

-“¡Me quieren matar a Werner! ¡Quieren asesinar a mi amigo el músico Werner! Los leones se lo comerán vivo… “

Y seguía:

-“¡Esto es un crimen! ¡Esto es un asesinato! ¡Salga usted, amigo Werner! ¡Salga, por favor! ¡Estos leones se lo comerán vivo!!”

El público, a los gritos, en dos bandos, que salga o que no salga. Mir y Werner se dieron un gran abrazo y, bueno, pasado el susto, a tomarse unas cervecitas.

Mir, Oro y azul, 1902


Y, para ir cerrando, otra anécdota que lo representa totalmente:

En sus últimos años vendía muchísimo. Una vez entró un matrimonio a la galería para ver sus cuadros. Diligentemente los fue llevando hacia los cuadros no vendidos y más caros.  

“Esta tela es la mejor de la exposición y ustedes harían muy bien en comprarla… “

El marido consultó a la esposa, qué le parecía. (Generalmente, en este tipo de transacciones la que decide es la mujer.) Ella no estaba convencida. Mir seguía con su discurso de venta. Ella discretamente iba tirando de la chaqueta del marido para salir del lugar. Ya en la puerta, a Mir le dio un ataque de furia: 

“¡Habráse visto! ¡Un hombre dominado por su mujer!”. 

Al día siguiente, el esposo apareció por la galería preguntando por Mir. Empezaron a regatear el precio. Mir le propuso un precio exorbitante, a propósito. El galerista lo miraba suplicante: tenía temor de perder una venta. Al final, Mir no aguantó más y le dijo que o le compraba el cuadro por siete mil quinientas o le rompía la cara con la silla. Ante semejante amenaza, el cliente no tuvo más remedio que comprar el cuadro.

Mir, Portal de La Vileta, s.f.


Mir fue un apasionado de la vida, de la Pintura. En sus últimos años, en plena Guerra Civil española, penaba porque no podía salir a pintar al aire libre como siempre. No era franquista, pero tampoco era revolucionario. Se enfrentó al ejército republicano cuando quisieron arrancarle el crucifijo de su casa. Sin embargo, estuvo un tiempo preso acusado de ser simpatizante de los republicanos.

Murió en 1940, lo enterraron en Vilanova i la Geltrú, donde tenía su casa y que todavía existe, y con hábito franciscano, según su petición expresa, porque ¡le fascinaba el color de ese hábito!

¿Qué te parece?

Citas tomadas de Pla, pags. 194 y ss.

Fuentes: Pla, J. El pintor Joaquín Mir. Barcelona, Destino, 1944

 

 

 

 

 



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