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jueves, 25 de noviembre de 2021

Renoir, en los recuerdos de su hijo

Renoir, Mujer con sombrilla, 1873

 

Sin duda, Renoir es uno de los líderes del grupo de los Impresionistas. Junto con Bazille, Monet y Sisley salía a pintar al bosque de Fontainebleu, buscando los efectos de luz y tratando de sacarse de encima la armadura de las reglas de la Academia (si te lo perdiste, lo tienes aquí en este artículo).

Renoir, La Grenouillére, 1869


Pero, a pesar de haber pintado cuadros maravillosos como éste o como El columpio o como Baile en el Moulin de la Galette (lo vimos aquí: ¡nuestro primer post!), gran parte del público lo detesta, lo odia, lo denigra… (te lo conté por aquí). Es que el último Renoir, enfermo, con las manos agarrotadas por la artritis y con problemas de visión, ya no es el mismo. Mejor dicho: la búsqueda ya no es la misma.

Renoir, El baile en Le Moulin de la Galette, 1876



Renoir, El columpio, 1876

Me entró la curiosidad por leer la biografía escrita por su hijo Jean.
Sobre Renoir conocemos mucho a través de los testimonios de sus amigos (y de Julie Manet, hija de Berthe Morisot: lo vimos aquí) y de otras biografías. Pero, ¿cómo será el Renoir contado por su hijo?









Es un Renoir distinto, naturalmente. Es el artista visto con admiración; es el artista visto en la intimidad familiar. El libro es un viaje a través de los recuerdos de Jean y, por eso, no es una biografía al uso, es decir, contada cronológicamente. Y dentro de esos recuerdos aparecen personajes que quizás no vienen muy al caso: vecinos, tíos, sobrinos, criadas, modelos, amigos, comerciantes… Sin embargo, en todas esas anécdotas el padre-artista se revela a través de la relación con todos ellos.

Renoir, Pierrot blanco, 1901

Al cerrar el libro
me quedé pensando en con qué palabra definiría la personalidad de Renoir. Y se me ocurrió ésta: “atávico”. ¿O “incoherente”? Claro, es fácil para nosotros etiquetar a alguien que vivió hace más de un siglo y que no tiene posibilidad de defenderse, sin conocer demasiado el contexto en el que vivía.

Renoir era de Limoges, de la provincia. Sus raíces estaban ahí y nunca dejó de pensar como alguien de la provincia. Su familia se mudó enseguida a la ciudad. París no era en ese entonces la que conocemos hoy, la del barón Haussmann. Era una ciudad con casas con huertas, cabras, vacas, callejuelas sucias y donde se conocían todos y donde nobles y pobres convivían sin problemas de clase. Para Renoir, la ciudad moderna era insana y anónima y traía más pobreza, más indignidad. Las fábricas arrasaban con los oficios ancestrales. No militaba en ningún partido político, pero sus ideas tenían un tinte socialista. Renoir tenía ideas progresistas, como diríamos ahora. ¿Un parisino burgués? Mejor huir de él (salvo que fuera Manet o Caillebotte, naturalmente).

Renoir, Pont des Arts, 1867 (Norton Simon Museum)


Renoir, Aline junto a la puerta,
1884

Detestaba el progreso.
Obviamente, un óleo en tubo le parecía algo fenomenal, pero una bicicleta, un automóvil, la fabricación en serie, ya no tanto. Unos, por el peligro (de hecho, se dice que su reumatismo fue consecuencia de una caída andando en bicicleta), aunque con el tiempo, la señora Renoir, Aline, compró un coche que conducía el chofer-mayordomo de la familia. La fabricación en serie, porque en el objeto industrial “no se ve la mano” de quien lo hizo. En su casa sólo entraban muebles artesanales o antigüedades, sábanas de lino (nada de estampados) y nada de níquel. El ascensor tampoco era una opción. Una conserva en lata era casi un sacrilegio. Los peines de celuloide eran objetos indeseables (¿qué hubiese dicho de la proliferación de plásticos en nuestra vida cotidiana?). La calefacción central tampoco entraba en su lista de favoritos: usaban sólo la chimenea o el horno a leña. La luz artificial era horrorosa porque cambiaba los colores: los Renoir se iluminaban con velas. Por lo mismo, tampoco había que usar gafas de sol. El fonógrafo era un invento infernal: pronosticaba que por su causa se acabaría el silencio.

Renoir, La familia del artista,
1895

Ni qué decir acerca de que la mujer
se dedicara a profesiones poco tradicionales. La mujer estaba para criar a los hijos, cocinar, cuidar de la casa. (Bueno, esto era una opinión generalizada por esas épocas, no sólo de Renoir). La misión de la mujer era hacer la vida más soportable a los demás. Por otro lado, admiraba a Berthe Morisot, la pintora del grupo: ella confiaba tanto en él, que a su muerte le dejó a su cargo a Julie, su hija. (Y por ahí dice: “Cuando las mujeres sean iguales a los hombres, entonces conocerán la verdadera esclavitud.”) Detestaba a las mujeres “fashionistas”, de una superficialidad completa; odiaba el corsé y los zapatos altos: son malos para la salud femenina. Consideraba que los hijos debían llevar el apellido de la madre, para asegurar las herencias.





Renoir, Niño con fusta, 1885

Estaba en contra del pelo corto.
¿Cuántos cuadros hay de sus hijos con melenas? Decía que la función del cabello era proteger el cerebro. Jean cuenta cómo se burlaban de él en el colegio…

¿Afeitarse? No hay que perder tiempo por las mañanas. Y es una actividad con la que uno puede lastimarse. ¿Para qué? Jean dice que su padre consideraba que el cuerpo y el alma son una sola cosa y que cualquier herida corporal era herir al alma. Nada de castigos y golpes a los niños. Amaba a los niños. Temía por su salud o que anduvieran solos por ahí, a merced de los peligros.

¿Nacer en una clínica? Impensable. Lo primero que verás en tu vida es una pared blanca y pintada al esmalte. No, los niños deben nacer en el hogar, con los olores, sonidos y colores familiares.

La guerra le parecía algo estúpido; sin embargo, creía que era algo bueno porque ayudaba a regular el número de habitantes.

Desconfiaba de los bancos y detestaba a las aseguradoras. Nunca tuvo deudas. Siempre fue generoso con el dinero. Llevaba en el bolsillo algunos billetes por si surgía alguna emergencia, es decir, si se cruzaba con alguien en necesidad. También era muy generoso con sus cuadros. Los regalaba a quienes lo estaban pasando mal. Muchos otros se acercaban a él con cuadros falsos, con historias rebuscadas, para que los firmara y así poder venderlos más caros: muchos se salvaron de la ruina, gracias a Renoir. Cuando le preguntaban por qué lo hacía decía que era más trabajoso encontrar una explicación para no hacerlo que hacerlo. Los sábados, cualquiera podía llegar a su casa a comer: Aline y sus criadas preparaban una olla enorme con guiso y si sobraba, se comía guiso hasta acabarlo. Renoir nunca olvidó sus comienzos como pintor, esos tiempos en los que Monet y él no tenían ni para comer. Entregaba a los niños pobres bizcochos, leche y pañuelos. Cuando viajaban en tren, lo hacía en 3ra: consideraba un lujo, un dispendio, pagar 1ra clase.

Renoir, Retrato de Jean y Genevieve Caillebotte, 1895


Aunque vendía todo lo que pintaba y no pasaban necesidades, los Renoir tenían costumbres sencillas. Sus desayunos consistían en pan negro (el pan blanco era un invento moderno detestable, y el pan de molde, cortado en rebanadas, ídem) con mantequilla blanca (nada de mantequilla coloreada con azafrán; nada de mantequilla tallada en rulos o en dados. Y la margarina: vade retro.). En cada casa en la que vivieron tenían su huerta, viñedos y hasta olivos para fabricar su propio aceite.

Renoir, Cebollas, 1881


Renoir, Monet leyendo el
diario, 1872

Creía que hay un Dios, aunque no iba a la iglesia.
Había que respetar las creencias de todos. Por eso, cuando estalló el caso Dreyfus no señaló a su amigo Pissarro, como otros del grupo (te lo conté aquí). Era ecologista: estaba en contra del periódico porque se talaban bosques para hacer ese papel, que sólo servía para un día. (¡Vaya si tenía ideas modernas!)

El bienestar que otorga el progreso acalla los instintos. Una sala de baño era un lujo, algo que hacía perder la conciencia del valor de las cosas.






Renoir se resistía al cambio de época, a una modernidad que le parecía poco auténtica. A su hijo le dijo una vez que, cuando la civilización que dio el Partenón termine, las personas se suicidarán por el aburrimiento o se matarán entre ellos por diversión. Pero así y todo creía firmemente en que no había que forzar al destino, que había que dejarse llevar y aceptar la vida tal como se nos presenta.

Fuentes: Renoir, J. Renoir, mio padre. Milano, Adelphi ed., 2015

Renoir, Mujer en el jardín, 1873




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