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jueves, 3 de mayo de 2018

Para la posteridad

¿Qué es un retrato?

Warhol, Marilyn, 1967


Vamos, ¿qué pregunta es ésta? Todos sabemos lo que es un retrato: la imagen de una persona pintada por otra, cuyo oficio es ser artista y trata de ser fiel a lo que ve.  Todos de acuerdo. Pero, ¿es tan así o hay algo más?







Sí, claro que sí, y es esto lo que te quiero contar hoy.

Picasso, Retrato de Kahnweiler, 1910
En primer lugar, un retrato es la imagen de una persona. No es la persona misma y es un sustituto de ella. Está congelada en un tiempo y lugar, como resultado del encuentro entre el que posa y el que pinta. No hay dos retratos iguales, aunque sean de la misma persona. Esa imagen está filtrada por la subjetividad y la capacidad del artista, él es el que tiene el poder sobre cómo será recordado el personaje. 

Anónimo, Momia de El Fayum,
II d.C.





Los seres humanos nos retratamos unos a otros desde que aprendimos a pintar. De manera simbólica y ritual, en las cavernas, en las pirámides, en las momias. Aprendimos a hacerlos de manera realista, pues nuestra memoria frágil no tenía otra manera de guardar el recuerdo de nuestros seres queridos, reyes o santos.






Botticelli, Joven con medalla, 1474
Pero no siempre el rostro se ajustaba a la realidad: en el Renacimiento eran efigies que buscaban la Belleza ideal. Debía “parecer” de tal o cual manera según su estatus o la altura de sus virtudes. A partir del Romanticismo, se exige que la figura trasunte su personalidad, su individualidad. Hasta entonces, los rostros no expresaban sentimientos: no había gestos.











Matisse, La raya verde, 1905
Después llegó la fotografía a ocupar ese rol y no hizo falta ser tan minucioso en los detalles. Matisse le puso una raya verde a la nariz de su mujer, por puro efecto de color; Picasso hizo explotar en fragmentos a Kahnweiler (y no se ofendió). 









Botero, Retrato de Picasso, 1999




Botero hace engordar a medio mundo para investigar el volumen y, por lo mismo, Giacometti los hace adelgazar. Francis Bacon mostró el lado oscuro del alma de todos sus personajes. 














Arcimboldo, Vertumno, 1590
Sin embargo, la no fidelidad a la fisonomía del personaje no es cuestión sólo de los tiempos modernos, ya que Arcimboldo, en el sg. XVI, había logrado verdaderos puzzles con frutas y verduras para retratar al emperador. Sea como sea, el que contrata un retrato espera reconocerse en la obra. 









Holbein, Ana de Cleves, 1539
¿Y qué pasa cuando el cuadro no coincide con la realidad? Entonces, el artista se encuentra en un verdadero problema. Te pongo por caso el cuadro de Ana de Cleves de Holbein. Era un retrato de boda, el que se hacía para que los contrayentes de casas reales tuvieran una idea de con quién se casaban o para elegir a la candidata. Cuando Enrique VIII la vio en persona… Ya sabemos cómo terminó la historia.










Degas, El Sr. y la Sra. Manet, 1868





O el cuadro que Degas pintó de la esposa de Manet: éste se enojó muchísimo por cómo aparecía ella y cortó esa parte; Degas se lo llevó a su casa enfurecido, así como estaba.





Bacon, Estudio para el retrato de Henrietta Moraes,
1963





No todos los pintores son retratistas, es una especialización del oficio. Hay que saber captar el gesto, la actitud corporal y todo lo que trasmite emocionalmente la persona. Además, saber cuándo parar para que el que está posando no se canse. Salvo en cuanto a la composición, pose, luz y contexto, el artista no tiene mucho más margen para la creatividad. 






Ingres, Napoleón coronado como
Júpiter, 1806
Puede ser que el contratante exija algunos detalles, y, en este caso, la obra es el resultado de varios acuerdos previos. Al colocar al personaje en un entorno, individualizado con joyas, vestidos, libros, mapas, se está mostrando a alguien en particular, pero a la vez, alude a una clase social, a una profesión, a un cargo, o sea, a algo más general.











Hay muchas clases de retratos: de frente, de perfil, de 3 cuartos; bustos y de cuerpo entero, desnudos y vestidos; al aire libre o en interiores; de pie, sentado, recostado; con atributos (símbolos de estatus, oficio o cargo) o sin ellos; de grupo, dobles, autorretratos.


Sorolla, Louis Confort Tiffany, 1911

Tiziano, El Emperador Carlos V a caballo en
Muelhberg, 1548


Hay retratos ecuestres o de caza; también de retratos sin rostro o el mismo rostro repetido varias veces. 











Hopper, Muchacha cosiendo a máquina, 1921
Los retratos sirven para muchas cosas: los tenemos en la publicidad, en los billetes, en nuestros documentos. En Pintura fijan el recuerdo de alguna persona en especial, muestran la figura del rey como ejemplo a emular; se usaron en negociaciones de matrimonio o en promesas hechas a algún santo; como conmemoración ante la muerte (y llevarlo a la inmortalidad) o ante una victoria o derrota, como intercambio de regalos… 








van Eyck, El matrimonio Arnolfini, 1434
 El cuadro “El matrimonio Arnolfini” de van Eyck es en sí mismo un documento que testifica la celebración de ese matrimonio. También sirven como símbolo de la autoridad política (y de ahí que se destruyan  cuando el personaje es derrocado). 















Los más complicados son los de los niños: ¿cómo hacer para que se queden quietos? ¿O sería que antes aguantaban más, eran más obedientes? Los retratos de niños son encargados por adultos. Cuando la mortalidad infantil era pasmosa, había que resguardar su memoria como fuere. Con lo cual, esas obras son un manifiesto sobre la fugacidad de la vida. Y ni qué decir de los cuadros de ancianos.

Hogarth, Los niños Graham, 1742

De muchos retratados ni siquiera les conocemos el nombre, pues son modelos anónimos, profesionales (o no tanto). Aquí la identidad no importa realmente. Imagínate a la vigilante de Lucien Freud. Se hizo famosa por esta siestecita que se tomó mientras era pintada; sin embargo, da igual quién es.

Freud, Supervisora del Depto. de Trabajo durmiendo, 1995

 ¿Y cuando la persona ya es una “celebrity”? El retrato la convierte en un icono. Es que este género tiene un poder muy especial: el de hacerte perdurar para toda la posteridad.

da Vinci, Gioconda, 1519





¿Y cuál es el más famoso? Seguro que ya sabes cuál es la respuesta: la Gioconda, de Leonardo de Vinci.

















Fuentes: Laneyrie-Dagen, N. Leer la pintura. Barcelona, Larousse, 2010

West, Sh. Portraiture. New York, Oxford University Press, 2004





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