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jueves, 5 de julio de 2018

El Año Murillo en Sevilla


Acoger a los pobres y a los desamparados

 
(Imagen: C. del Rosso)

Crecí viendo una reproducción de Murillo. En esa época no sabía quién lo había pintado; esos niños comiendo fruta me llamaban mucho la atención y hacían volar mi imaginación. Después, con el tiempo, mi reacción ante este artista se convirtió en: “Uf, Murillo, ¡qué pesadez!” Hasta que descubrí que esos niños los había pintado él. No todo eran Inmaculadas empalagosas. Me iba metiendo en su obra y entendiéndolo cada vez más.

En Sevilla se celebran los 200 años de su nacimiento por todo lo alto. Murillo es Sevilla. 




Murillo, Anunciación, 1668 (Imagen:
C.del Rosso)
Otros, como Velázquez, probaron fortuna en otras partes; él se quedó. Tenía muchas ganas de ver a Murillo de nuevo, en su ciudad, con ocasión de este año de fiesta. Y se me cumplió el deseo.

No tenía tiempo para recorrer los 18 lugares en los que el artista está presente. Había estado hacía unos años en el Museo de Bellas Artes (te lo conté aquí), así que preferí ir al Hospital de la Santa Caridad.








Hacía mucho calor, ¡qué increíble sensación es entrar a un patio andaluz! Me quedé un rato contemplando las dos fuentes, la de la Fe y la de la Caridad.

Murillo, La curación del paralítico en la piscina, 1669
(National Gallery of London)

El Hospital de la Santa Caridad es una institución benéfica que nació en el siglo XVI. Su misión era dar sepultura a los vagabundos; luego se dedicaron a acoger a los desamparados, dar de comer al hambriento y curar a los enfermos. Sevilla sufrió la tremenda peste de 1649, de la que sobrevivió sólo la mitad de la población, y a duras penas, totalmente empobrecida. Los niños de Murillo son los de la peste, del hambre, de la sarna: pinta lo que ve por las calles. Las instituciones religiosas y cofradías hicieron hicieron su parte para paliar el sufrimiento de la población.

(Imagen: C. del Rosso)blo
Hacia 1663 asume como director de esta Hermandad don Miguel de Mañara, un hombre pudiente, que, al enviudar, decide dedicar su vida y su dinero a los pobres. Encuentra el hospicio en un estado desastroso y se empeña en construir una iglesia nueva y decorarla. Para ello, contrata en 1667 a varios artistas: a Murillo y a Valdés Leal para las pinturas, Bernardo Simón de Pineda para los retablos y Pedro Roldán para la escultura. Un proyecto de arte integral, diríamos ahora. Mañara indicó el temario: las obras de misericordia, que son la base de la regla de la Hermandad. Murillo había ingresado en 1655 en ella, también al enviudar, como su amigo Miguel de Mañara.


Valdés Leal, In ictu oculi, 1671
El conjunto de pinturas es entregado 3 años después. La iglesia se inauguró en 1674.



















(Imagen: C.del Rosso)
Cuando entras, el magnífico conjunto escultórico del altar, de la mano de Roldán, atrapa tu mirada. Representa el Entierro de Cristo, con figuras a tamaño natural y en una perfecta coreografía. Una paisaje de Valdés Leal, con el Gólgota, hace de 
escenografía. 














Valdés Leal, Finis gloriae mundi, 1671




Pero no te adelantes todavía hacia el altar. Al entrar, tienes sobre las puertas, enfrentadas, 2 obras de Valdés Leal: 2 vanitas con arco de medio punto, 2 obras crípticas sobre la fugacidad de la vida.














Las obras de Murillo cubren las paredes laterales, arriba, bajo las cornisas. En total son 6. De los originales sólo quedan 2. En la guerra de la Independencia (1811) el mariscal Soult arrasó con todo: se llevó cuatro de las pinturas que decoraban la iglesia a París. Dejó 2 sólo porque eran muy complicadas de transportar por su tamaño; son: La multiplicación de los panes y peces y Moisés hace brotar agua de la roca del Horeb, que están en el crucero de la iglesia, enfrentadas. 

Murillo, Moisés hace brotar agua de la roca del Horeb, 1670
(imagen: C. del Rosso

Soult
admiraba a Murillo, tuvo esos cuadros en su casa; sus herederos los fueron vendiendo y hoy están en distintos museos, repartidos por el mundo: la National Gallery de Londres (La curación del paralítico), la de Ottawa (Abraham y los 3 ángeles) , la de Washington (El regreso del hijo pródigo) y el Ermitage de Moscú (San Pedro liberado por el ángel). 
Murillo, La multiplicación de los peces, 1668
(Imagen: C. del Rosso)

Durante mucho tiempo los huecos vacíos fueron cubiertos con paisajes bíblicos, pero en 2008 se optó por colocar copias de los cuadros robados
, para poder tener una idea cabal del proyecto de Mañara. No es lo mismo, pero cumplen con su función. 


Murillo, Abraham y los 3 ángeles, 1667
(National Gallery of Ottawa)

Cada una de estas pinturas alude a su correspondiente obra de misericordia:
p.ej., La curación del paralítico = cuidar y visitar a los enfermos; San Pedro liberado por el ángel = visitar al prisionero; El regreso del hijo pródigo = vestir al desnudo; el de Abraham= alojar al peregrino; Moisés= dar de beber al sediento; La multiplicación de panes y peces= dar de comer al hambriento. Los cuadros son realmente enormes y uno se pone a pensar el trabajo que les debe de haber dado sacarlos de ahí para llevárselos. Magnífico botín de guerra. Sin embargo, dejó intactos los de los altares laterales.


Murillo, Santa Isabel de Hungría curando a
los tiñosos, 1668 (Imagen: C. del Rosso)
En éstos podemos contemplar mejor las obras. Las otras están ubicadas demasiado alto. ¿Por qué será? ¿Por falta de espacio, por la necesidad de poner todas las obras de misericordia?  En estos altares tenemos de Murillo un San Juan de Dios y una Santa Isabel de Hungría curando a los tiñosos, una Anunciación y un San José con el Niño. Me quedé mirando a la Santa Isabel rodeada de niños, de esos niños mendigos que él sabía retratar tan bien.






Por último, la vista se va a la bóveda, pintada por Valdés Leal.

















Cada cuadro tiene un cartelito explicativo bastante completo; realmente, muy útil. Especialmente para las obras que están tan arriba.

Murillo, El regreso del hijo pródigo, 1668
(National Gallery of Washington)
Había muchos turistas franceses que escuchaban atentamente a la guía. Al rato apareció un colegio, con profesoras desesperadas porque los chicos hacían mucho ruido…
Pasé por la tienda: tienen muy buenas cosas. Me quedé otro ratito disfrutando del patio. Y mientras, pensaba en cómo sería nuestro mundo si emulásemos a esa gente que hacía tanto por su prójimo…




Fuentes; Triadó Tur, J.R. Murillo. Madrid, Ed. Susaeta, s.f.



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