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jueves, 14 de mayo de 2015

Yo soy un salvaje

Carta de Gauguin a Pissarro
Gauguin, La montaña sagrada (Parahi te marae), 1892

“En este momento, carezco de ánimo y de recursos. ¡Ser pobre en una ciudad extraña! Sin crédito y sin dinero; cada día me pregunto si no sería mejor subir al tejado y ahorcarme. Lo que me lo impide es la pintura; es mi obstáculo. 


Mi mujer, mi familia, todo el mundo me acusa de dedicarme a pintar y de que es una vergüenza que no trabaje para ganarme la vida. Pero las capacidades de una persona no se pueden usar para dos fines distintos y yo sólo puedo hacer una cosa: pintar. En todo lo demás soy un desastre. No tengo con qué comprar colores para pintar, así que no he tenido más remedio que dedicarme al dibujo, que es más barato. (…) Y no puedo vender nada, ni dibujos ni pinturas, ni siquiera por diez francos. Dentro de poco enviaré algo a París, pediré a Durand-Ruel que se quede algo al precio que sea para así poder comprar colores. (…)
En dos meses, o habré muerto, o habré regresado a París para vivir como un vagabundo, como un obrero, lo que sea con tal de no seguir sufriendo en este horrible país. ¡Los daneses! Tendrías que haber vivido aquí, como yo, para conocerles. Son los más absolutos esclavos. (…)

Copenhague, mayo 1885”

Gauguin, P. Escritos de un salvaje. Madrid, Akal, 2008


Gauguin, Autorretrato
frente a caballete, 1885
Así como Pissarro mencionaba muchas veces a Gauguin en sus cartas, también Gauguin lo recuerda en las suyas. (Ver carta de Pissarro sobre Gauguin) Siempre lo considerará su maestro, aunque critica siempre sus sucesivos cambios de estilo. Se pondrá a su lado cuando el caso Dreyfus divida a Francia en dos.

Gauguin está en Copenhague en estos momentos. Ha perdido su trabajo en la Bolsa de París y se ha trasladado a Dinamarca con su mujer, Mette, que era danesa, y sus 5 hijos. Trabaja allí como representante de Messrs Dillies & Co., una fábrica de lonas impregnadas. Los negocios no van bien; tiene la firme decisión de dejarlo todo por la pintura. Sólo estará 6 meses en Copenhague: se siente un extraño y tiene que soportar las críticas de su familia política.  En junio vuelve a París llevándose consigo a su hijo mayor, Clovis. Y así comenzará su vida de aventuras, de hambre, de ambición, de creación de su propio mito. La próxima estación será Panamá y luego siguen Martinica, Francia, Tahiti, París, Bélgica, París. La última estación: Tahiti.

Gauguin, La playa de Dieppe, 1885
Gauguin en sus cartas repite una y otra vez: “Yo soy un salvaje”. Pissarro le decía: “Ud. es un hombre civilizado”. Gauguin estaba buscando algo más: buscaba sacudirse de encima las convenciones y normas de la civilización, buscaba la inocencia primigenia en los aborígenes de las colonias, pero, a su vez, buscaba la fama, buscaba el reconocimiento de sus colegas en París, de esa sociedad de la que él huía. Vivió como vagabundo, como un salvaje, esperando cartas, sin tener qué comer, sin colores para pintar y devorado de a poco por la enfermedad. Se sabe un gran artista y acepta todas las calamidades que le sobrevienen. Todo por ese obstáculo que es para él la pintura. Quizás, después de todo, Pissarro tenía razón: era demasiado civilizado para convertirse en un salvaje.
Gauguin, Cuatro mujeres bretonas, 1886

Gauguin, P. Escritos de un salvaje. Madrid, Akal, 2008
Gauguin,P.  Letters to his wife and friends. Boston, First ArtWorks Ed., 2003



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