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jueves, 30 de abril de 2026

Hazte fama y échate a dormir

 

Cano, El rey de España, 1640


Alonso Cano, ¿asesino?

Si me lees desde hace tiempo, ya sabes que en la larga lista de pintores de la Historia ha habido de todo. Asesinos, malos tipos, avaros, soberbios, santos, investigadores, usureros, prestamistas, héroes…

Hay un caso muy peculiar, el de Alonso Cano.

¿Quién fue? Uno de los más famosos e importantes pintores del Barroco de Granada. Y no sólo pintor, sino también escultor y arquitecto. Su padre era artista también y el niño creció en el taller familiar. En Sevilla fue alumno de Herrera y de Pacheco, como Velázquez, a quien, por supuesto, conocía bien y por quien testificó a favor de su nobleza de sangre, para que éste pudiera conseguir el título de hidalgo. 

Cano, Inmaculada Concepción,
1648

Tuvo grandes discípulos, que continuaron con su legado.

Se casó dos veces. La primera, con María de Figueroa, en 1625, que era viuda. Ella murió a los dos años del matrimonio y no se sabe muy bien si tuvo hijos con ella o no. En 1631 se volvió a casar con una niña de 13 años (algo muy común en la época), María Magdalena de Uceda.

¿Para qué te cuento esto? Ya verás.

Parece ser que don Alonso no tenía un carácter fácil.

Su competidor en Sevilla era Zurbarán. Cuando éste comenzó a recibir encargos, Cano, como representante del gremio, quiso examinarlo y Zurbarán se negó. Conste que Zurbarán no era andaluz, venía de Extremadura.

Zurbarán, Bodegón con naranjas, membrillos
y rosas, 1633

En 1636 terminó en la cárcel por no pagar sus deudas y allí se enfermó. Su amigo, el pintor Juan del Castillo, se comprometió a cuidarlo en su casa y que cumpliera allí con su condena. Finalmente, vendió a otro pintor el esclavo negro que había recibido como dote de su esposa y así pudo pagar a sus acreedores. Y uno se pregunta: ¿deudas por qué? Quién sabe.

Palomino, quien nos dejó una biografía de Cano bien pormenorizada, cuenta que este señor era muy irascible y que conocía muy bien cómo usar la espada. En 1637 hirió gravemente en un duelo al pintor Sebastián del Llano y Valdés, quien lo había alojado en su casa. Cuentan que lo hirió en una mano y que lo dejó lisiado: tuvo que huir, justamente cuando pasaba por allí Felipe IV con el duque de Olivares, quien lo protegía, así que se unió a la comitiva real y terminó en Madrid. Llegó a ser Maestro Mayor de obras de la Corte y profesor del pequeño príncipe Baltasar Carlos.

Cano, Príncipe Baltasar Carlos,
1634

Y en 1644 ocurrió la gran tragedia. Su esposa apareció muerta, con 15 cuchilladas, en su cama, ensangrentada y en las manos, mechones de cabello de su atacante. Se acusó a un pintor italiano, que era su aprendiz, que vivía en su casa y que desapareció, sin dejar rastros, con las joyas de la señora. Como te imaginarás, todos pensaron que, en realidad, fue el marido quien la mató. Empezaron a correr rumores de que el matrimonio no se llevaba bien y que Cano la había matado para poder casarse con una señorita de la que estaba muy enamorado. ¿Violencia doméstica? Ya sabes, pintor famoso, pueblo chico…

No lo pensó mucho: huyó a Valencia, aunque le dijo a medio mundo que se iba a Portugal, para despistar. Se llevó todas sus pertenencias: evidentemente, pensaba quedarse allí.

Cano, Cristo y la samaritana, 1640

Pero en 1645 volvió a Madrid, no se sabe por qué. Pasó un tiempo escondido, pero un día decidió salir, lo vieron y fue apresado y torturado para arrancarle una confesión: se lo acusaba de ser cómplice del asesinato. No dijo ni una palabra. Como no hubo pruebas suficientes, fue liberado sin más.

Cuentan que unos personajes le fueron con el chimento al rey que Alonso Cano era un burro y un idiota. El Rey, que lo apreciaba, a pesar de todo, les dijo:

 

«¡Bien está! ¿Quién os ha dicho, que si Alonso Cano fuera hombre de letras, no había de ser Arzobispo de Toledo? Andad que hombres como vosotros los puedo yo hacer: hombres como Alonso Cano, sólo Dios los hace.”

 

Para evitar nuevos problemas judiciales le pidió al rey una prebenda eclesiástica en Granada, que le fue concedida, como racionero, es decir, un rango inferior en la orden de los frailes; allí recibiría media paga, debía repartir las raciones, asistir al coro y rezar las Horas con el resto de la comunidad. Obviamente, también tuvo problemas con los frailes y volvió a Madrid, aunque no por mucho tiempo, pues pronto volvió a la catedral de Granada, esta vez, no sólo como fraile menor sino también como su arquitecto.

Cano, Un sacerdote, 1625

En sus últimos años gastaba todo su dinero en obras de caridad, especialmente en viudas y huérfanas. Y, cuando no tenía dinero encima, pedía un papelito y pluma, hacía un dibujo rápido, se lo regalaba al necesitado, diciéndole que fuera a lo de tal y que le diga de su parte que le dé tanto por ese dibujo suyo.

Cano, Cristo en el Huerto de los
Olivos, 1640

En sus últimos momentos, un sacerdote se acercó a dispensarle los Sacramentos con un crucifijo de mala calidad. Cano, gran escultor y arquitecto, se lo rechazó. El cura le dijo:

“Hijo, ¿qué hace? Mire; que este Señor es Quien le redimió, y Quien le ha de salvar.”

Cano, Crucifixión, 1646

Y el fraile moribundo le contestó:

“Así lo creo, padre mío; pero ¿quiere, que me irrite, si está mal hecho, y me lleve el diablo? 

Déme una Cruz sola que yo allí con la fe le venero, y reverencio, como es en Sí,

y como yo le contemplo en mi idea.”

Alonso Cano, gran pintor, escultor y arquitecto, pero de mal carácter, intempestivo y arbitrario.

Cano, Noli me tangere, 1640

¿Cuál será la verdad? ¿Tenemos que hacerle caso a todos estos chimentos? ¿Será pura envidia?

Se me viene a la mente el refrán “Hazte fama y échate a dormir”.


(Las citas están extraídas del Corpus de Alonso Cano.)

Fuentes: Palomino, A. Las vidas de los pintores y estatuarios eminentes españoles. Londres, Woodfall, 1744

Varios, Corpus de Alonso Cano. Madrid, Ministerio de Cultura y Educación, 2002

Wittkower R. y M. Nacidos bajo el signo de Saturno. Madrid, Cátedra, 2020

 


 

 

 

 

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