Alonso Cano, ¿asesino?
Si me lees desde hace tiempo, ya
sabes que en la larga lista de pintores de la Historia ha habido de todo.
Asesinos, malos tipos, avaros, soberbios, santos, investigadores, usureros,
prestamistas, héroes…
Hay un caso muy peculiar, el de
Alonso Cano.
¿Quién fue? Uno de los más
famosos e importantes pintores del Barroco de Granada. Y no sólo pintor, sino
también escultor y arquitecto. Su padre era artista también y el niño creció en
el taller familiar. En Sevilla fue alumno de Herrera y de Pacheco, como
Velázquez, a quien, por supuesto, conocía bien y por quien testificó a favor de
su nobleza de sangre, para que éste pudiera conseguir el título de
hidalgo.
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| Cano, Inmaculada Concepción, 1648 |
Tuvo grandes discípulos, que
continuaron con su legado.
Se casó dos veces. La primera,
con María de Figueroa, en 1625, que era viuda. Ella murió a los dos años del
matrimonio y no se sabe muy bien si tuvo hijos con ella o no. En 1631 se volvió
a casar con una niña de 13 años (algo muy común en la época), María Magdalena
de Uceda.
¿Para qué te cuento esto? Ya
verás.
Parece ser que don Alonso no
tenía un carácter fácil.
Su competidor en Sevilla era
Zurbarán. Cuando éste comenzó a recibir encargos, Cano, como representante del
gremio, quiso examinarlo y Zurbarán se negó. Conste que Zurbarán no era
andaluz, venía de Extremadura.
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| Zurbarán, Bodegón con naranjas, membrillos y rosas, 1633 |
En 1636 terminó en la cárcel por no pagar sus deudas y allí se enfermó. Su amigo, el pintor Juan del Castillo, se comprometió a cuidarlo en su casa y que cumpliera allí con su condena. Finalmente, vendió a otro pintor el esclavo negro que había recibido como dote de su esposa y así pudo pagar a sus acreedores. Y uno se pregunta: ¿deudas por qué? Quién sabe.
Palomino, quien nos dejó una biografía de Cano bien pormenorizada, cuenta que este señor era muy irascible y que conocía muy bien cómo usar la espada. En 1637 hirió gravemente en un duelo al pintor Sebastián del Llano y Valdés, quien lo había alojado en su casa. Cuentan que lo hirió en una mano y que lo dejó lisiado: tuvo que huir, justamente cuando pasaba por allí Felipe IV con el duque de Olivares, quien lo protegía, así que se unió a la comitiva real y terminó en Madrid. Llegó a ser Maestro Mayor de obras de la Corte y profesor del pequeño príncipe Baltasar Carlos.
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| Cano, Príncipe Baltasar Carlos, 1634 |
Y en 1644 ocurrió la gran tragedia. Su esposa apareció muerta, con 15 cuchilladas, en su cama, ensangrentada y en las manos, mechones de cabello de su atacante. Se acusó a un pintor italiano, que era su aprendiz, que vivía en su casa y que desapareció, sin dejar rastros, con las joyas de la señora. Como te imaginarás, todos pensaron que, en realidad, fue el marido quien la mató. Empezaron a correr rumores de que el matrimonio no se llevaba bien y que Cano la había matado para poder casarse con una señorita de la que estaba muy enamorado. ¿Violencia doméstica? Ya sabes, pintor famoso, pueblo chico…
No lo pensó mucho: huyó a
Valencia, aunque le dijo a medio mundo que se iba a Portugal, para despistar.
Se llevó todas sus pertenencias: evidentemente, pensaba quedarse allí.
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| Cano, Cristo y la samaritana, 1640 |
Pero en 1645 volvió a Madrid, no se sabe por qué. Pasó un tiempo escondido, pero un día decidió salir, lo vieron y fue apresado y torturado para arrancarle una confesión: se lo acusaba de ser cómplice del asesinato. No dijo ni una palabra. Como no hubo pruebas suficientes, fue liberado sin más.
Cuentan que unos
personajes le fueron con el chimento al rey que Alonso Cano era un burro y un
idiota. El Rey, que lo apreciaba, a pesar de todo, les dijo:
«¡Bien está! ¿Quién os ha dicho, que si
Alonso Cano fuera hombre de letras, no había de ser Arzobispo de Toledo? Andad
que hombres como vosotros los puedo yo hacer: hombres como Alonso Cano, sólo
Dios los hace.”
Para evitar nuevos problemas
judiciales le pidió al rey una prebenda eclesiástica en Granada, que le fue
concedida, como racionero, es decir, un rango inferior en la orden de los
frailes; allí recibiría media paga, debía repartir las raciones, asistir al
coro y rezar las Horas con el resto de la comunidad. Obviamente, también tuvo
problemas con los frailes y volvió a Madrid, aunque no por mucho tiempo, pues
pronto volvió a la catedral de Granada, esta vez, no sólo como fraile menor
sino también como su arquitecto.
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| Cano, Un sacerdote, 1625 |
En sus últimos años gastaba todo su dinero en obras de caridad, especialmente en viudas y huérfanas. Y, cuando no tenía dinero encima, pedía un papelito y pluma, hacía un dibujo rápido, se lo regalaba al necesitado, diciéndole que fuera a lo de tal y que le diga de su parte que le dé tanto por ese dibujo suyo.
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| Cano, Cristo en el Huerto de los Olivos, 1640 |
En sus últimos momentos, un sacerdote se acercó a dispensarle los Sacramentos con un crucifijo de mala calidad. Cano, gran escultor y arquitecto, se lo rechazó. El cura le dijo:
“Hijo, ¿qué hace? Mire; que este Señor
es Quien le redimió, y Quien le ha de salvar.”
Y el fraile moribundo le contestó:
“Así lo creo, padre mío; pero ¿quiere, que me irrite, si está mal hecho, y me lleve el diablo?
Déme una Cruz sola que yo allí con la fe le venero, y reverencio, como es en Sí,
y como yo le contemplo en mi idea.”
Alonso Cano, gran pintor, escultor y
arquitecto, pero de mal carácter, intempestivo y arbitrario.
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| Cano, Noli me tangere, 1640 |
¿Cuál será la verdad? ¿Tenemos que hacerle caso a todos estos chimentos? ¿Será pura envidia?
Se me viene a la mente el refrán “Hazte
fama y échate a dormir”.
(Las citas están extraídas del Corpus de
Alonso Cano.)
Fuentes: Palomino, A. Las vidas de los pintores
y estatuarios eminentes españoles. Londres, Woodfall, 1744
Varios, Corpus
de Alonso Cano. Madrid, Ministerio de Cultura y Educación, 2002
Wittkower R. y M. Nacidos bajo
el signo de Saturno. Madrid, Cátedra, 2020









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